Por Amor al Arte – Parte 1

Por Amor al Arte

Parte 1

Por M. M. J. Miguel

Barquisimeto, nos habían dicho; hacia el oeste y más allá; qué ilusión. Sería nuestra primera vez en tierras guaras, las cuales contaban con una envidiable reputación en la movida musical venezolana.

“Sí vale, allá es fino”.

“El público es una nota”.

“Tripearán mucho”.

Eso decían mis colegas del medio. ¿Quién soy yo para llevarles la contraria?

Para una banda independiente acostumbrada a costearse la mayoría de sus gastos, véase ensayos, transporte, cuerdas y la vida plena en general, resulta fascinante escuchar desde el otro lado del auricular: “Todo corre por cuenta de la productora”. Palabras de tinte fantástico que rozan el linde de lo mitológico. Pedí que me lo repitieran, pensando que quizá la estática telefónica me jugaba una mala pasada.

Con los hechos claros, sólo tuve que reclinarme en mi silla, darme un buen estirón y prender un cigarrillo mientras acomodaba en mi cabeza los pormenores del show.

A los días, colgamos un flyer en internet. Las redes sociales hicieron el resto a son y ton. A mí sorpresa, nuestra visita generaba cierta expectativa, y siendo modestos, había sido un buen año en materia de eventos.

El dinero de los pasajes cayó un día lunes a mi cuenta bancaria. Allí estaban unos veinte mil bolívares campantes y sonantes; no me equivocaba en la cifra; suficiente para cinco personas y algún compromiso femenino que nunca falta.

El terminal era un hervidero de especímenes variopintos, en cuyos semblantes se leía una serie de emociones que viajaban entre el sueño y el malhumor. Una fila serpenteaba hasta la taquilla de pago. Un niño lloraba caprichoso en una esquina, y algún hombre de negocios rebatía asuntos bursátiles en otro recoveco. Hacía calor; el aire acondicionado nos impregnaba de un perfume lleno de rutina. Comprendí que me clavaría allí como una estaca al menos durante unas horas.

Conforme avanzaba, noté algunas protestas adelante. A mis oídos llegaban improperios, reclamos y las clásicas mentadas de madre que muy bien nos han sabido posicionar como maestros de la difamación y el tuteo. La causa de aquella conmoción me afectaba directamente; en realidad a todos.

“No tenemos punto”.

Cinco taquillas de las cuales trabajaban dos, y ninguna ostentaba mecanismo para cobrar en tarjetas. Aquella frase: “No tenemos punto”, penetró como un cuchillo de hoja helada. Me quedé muerto con la carpeta llena de cédulas fotocopiadas, pensando qué podía hacer.

Y mientras el niño lloraba, y el hombre camuflado de traje seguía en sus asuntos, decidí ponerme en marcha con los míos.

Una gesta heroica se me venía encima. Como alma que lleva el diablo salí del terminal en busca de algún cajero que se apiadase de mi necesidad, y naturalmente, entre caminata y caminata como un mortal sin vehículo propio, no conseguí; la rebelión de las máquinas no comenzaba con Skynet o algún supercomputador. Imposible encontrar algún pedazo de metal funcional.

Cancelar la presentación era la última opción que se me pasaba por la cabeza. Aquella noche llegué a casa, renuente a dejarme vencer. Estaba en una banda de rock pesado; luchar contra el sistema era nuestra especialidad. Intenté adquirir los pasajes por internet, en vano. No obtuve mayor resultado, y desistí de a momento. En mi cráneo retumbaba la zozobra, y el pan con jamón y queso de la cena ya me sabía a arena.

Conseguí sacar dinero. Planté monedas en el jardín.

Al día siguiente me dirigí al terminal con un bolso ladeado y cuatro ojos en la espalda. El camino se asemejaba a un bosque lleno de lobos y espantos dispuestos a robarme el alma; y me refiero a todo lo que llevaba encima.

Ahora el hombre de negocios lloraba en una esquina, y el niño hablaba de negocios al lado de un tablero de monopolio. La fila no parecía haberse movido desde ayer, y la monotonía adormiló mis preocupaciones durante un rato hasta mi turno en la taquilla. La mujer arrastraba las palabras, sin mirarme, aumentando la distancia que ya había entre aquel desgastado cristal. Sus manos tamborilearon sobre el teclado al escuchar mi pedido, verificando cada cédula que le entregaba.

—Son veinticuatro mil quinientos —dijo.

—¿Cómo? —pregunté.

—El recargo por el uso del terminal.

Me hacían falta las palabras para echarle a aquella mujer un sortilegio, pero dicha política no era su culpa; era una víctima de las circunstancias; un orco del mal que nada sabía, como yo, de recargos y encargos. Ya era algo tarde para recriminarle algo a la producción, por lo que, asemejándome a Pablo Escobar, o algún traficante de renombre, desde mi bolso comencé a apilar las pacas de billetes.

Sentía los ojos fríos al otro lado de la taquilla.

Y el Simón Bolívar marrón se perdía en la caja registradora en pro de que hiciéramos algo de bulla fuera de Caracas.

El hombre de negocios mendigaba con un vaso de papel.

Las agujas del reloj marcaban las siete y media de la mañana del sábado, día del evento. Yo sulfuraba misantropía.

—¿Cómo que no podemos abordar? —pregunté.

—El equipaje excede el límite.

En ese momento, un vejestorio paseaba una carretilla llena de cachivaches, muy contento de montarse en el bus.

—Son nuestros instrumentos de trabajo —dije.

—El seguro no puede hacerse cargo por bienes tan caros —respondió la cajera.

—¿Son tan incompetentes para dañar algo que dice frágil?

—Usted sabe cómo es, pues.

—No —una vena brotaba de mi sien—. No sé cómo es.

—Váyase a La Bandera. Capaz allá resuelve.

—¿Y mis riales?

No obtuve respuesta.

—¿Y mis riales? —enfaticé, estampando la factura contra el cristal.

Con una mueca de hastío, la cajera se apresuró a devolverme cada centavo. Simón Bolívar marrón regresaba a mis manos, con bolsas debajo de sus ojos y algo moreteado, como si en aquella caja registradora hubiese librado otra Batalla de Carabobo.

—Bueno, muchachos —dije al resto de la banda—. Nos tocará ir a La Bandera.

—Por amor al arte —suspiró el baterista, frotándose las manos tatuadas.

De terminal a terminal.

La escala de grises que conducía a La Bandera se confundía entre pisadas, excrementos y chucherías; una escala de grises que se revolvía entre el polvo y el óxido, asemejándose a un inmenso petrolero abandonado, a la deriva y tuerto. El bululú confabulaba entre lo nauseabundo mientras cargábamos nuestros instrumentos a los hombros, emperifollados, sin posibilidad alguna de mezclarnos; y es que llamar la atención en sitios concurridos no es de buena agenda.

—Pasaporte —nos dice un guardia nacional, en inglés.

—¿Ah?

—Pasaporte —nos repite por debajo del mostacho corrupto.

Me daba lástima truncarle la intención de quitarnos algo. En un flash le muestro mi cédula; su quijada se desencajó de la decepción.

—Pensé que eran extranjeros —dijo—. Todos son muy blanquitos. ¿Adónde se dirigen?

—A Barquisimeto.

—Ahorita salen unos para allá —nos señaló unas casetas al fondo.

Mientras caminábamos entre los pasillos, no evito murmurarle al vocalista: “Te dije que te quitaras esos lentes de sol”.

Eran un poco más de las ocho de la mañana, y el vaivén hacía mella; la vejez y el estrés facturaban con extraña rapidez. Arrastrando nuestros instrumentos llegamos a la taquilla vacía. Un caballero de porte trigueño nos atendió somnoliento; nadie se terminaba de despertar hasta el mediodía.

—No quedan puestos al que sale ahorita —nos informó.

—¿Cuándo sale el próximo?

—A las dos de la tarde.

Llegar a Mordor con el Anillo Único se veía más sencillo que moverse en tu propio país.

—Llama al organizador —recomendó el bajista—. Dile que no podemos llegar y listo. ¿Qué tanto?

No le hice caso.

Nadie les hace caso a los bajistas.

—Afuera hay unos piratas —recomendó el taquillero, al percatarse de nuestros instrumentos.

Como cangrejos regresamos sobre nuestros pasos y encontramos a un par de encavas, de la cuales una ya estaba saliendo.

—No queda puesto —nos dice el colector—. ¿Y esas vainas donde las van a meter?

Con tanto perolero, deseaba renacer siendo flautista.

—Ahí nos acomodamos en el pasillo —dije, a pesar de las malas caras de los muchachos.

Es difícil precisar quién estuvo más sorprendido al momento de subirnos al bus. Los pasajeros nos escrutaban como especímenes exóticos escapados del zoológico de Caricuao. Cuchicheos curiosos, risitas llenas de juicio, y algún que otro comentario fuera de lugar. El trópico caribeño emanaba de las cornetas al ritmo de timbales y trompetas desafinadas aun en grabación de estudio.

Fuera de la pecera lo mejor era mantener las cabezas gachas si queríamos conservar nuestra integridad física, por lo que nos acomodamos al fondo, cerca de unos escalones.

Olía a anís y a gasolina; ni los Rolling Stones tenían ese privilegio en su arsenal para drogarse.

El bus arrancó a los minutos. Las ruedas del vehículo se desplazaban sobre el invento de asfalto, y la música subía de volumen conforme este aumentaba la velocidad; risas al fondo y coloquios lingüísticos venidos a menos. En esos momentos, cada quien abrazaba su instrumento como a un oso de peluche, dándole descanso a la mente, cotorreando con ideas del pasado, presente y futuro; quizá decepcionados por el curso de los acontecimientos; quizá sorprendidos por nuestra capacidad de resolver en el acto; quizás ensimismados por entender que todo tenía que ser de esa manera: apretada, a los trancazos, llevados al límite en la sencillez de agarrar un bus de una ciudad a otra.

La cola de la regional del centro nos hizo entrar en calor. Mi celular vibraba en llamadas desde el otro lado del país. Estancados, parecíamos un barco varado, idos a pique, arrastrados por el flujo inconstante de las olas. Los vehículos que nos rodeaban se perdían en el horizonte como la fila para comprar pasajes; variada en carrocería. Algunos intentaban sacarnos conversación, y matamos el tiempo respondiendo las clásicas preguntas de nuestro género musical.

Terminamos inventando que tocábamos con Chino y Nacho.

Le regalamos un disco a un pobre incauto que nos creyó.

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