Otro análisis… de la movida de siempre…

Es así: otro análisis de la movida de siempre; de la movida musical, me refiero. Otra forma de parafrasear los hechos que describen cómo, una escena que desborda talento, se dispara a sí misma en el pie. Y no una, sino dos veces, porque para cometer los mismos errores desde que el mundo es mundo, estamos hechos.

En los últimos días surgió una especie de debate, discusión, tiradera zalamera al respecto de los méritos que debe ostentar una agrupación, de metal cabe destacar, para figurar en el intrincado mundo del espectáculo. Ese mundillo donde saludas, sonríes, tocas un par de temas en una tarima que se queda corta, recibes adulación o desprecio del público, y te vas a tu casa en taxi con el instrumento guindando sobre el hombro, rezándole al santo de turno para llegar a salvo al lecho. Sí. Ese mundo de migajas y “amor al arte” por el cual muchos se matan hoy en día, y del cual otros juran defender de manera blindada. Que quede claro, aviso: soy tan partícipe de esa movida que hasta admito que me agrada. Soy tan culpable de su decadencia, y tan alcahueta como todos los que vestimos una camisa negra de monstruos.

Hoy en día hay bandas estupendas, increíbles, con producciones que te dejan quijada abierta. Basta con parar la oreja de manera objetiva y dejarse sorprender un poco, quitándonos ese estigma que le tenemos a la música hecha en casa. Sí, todavía lo tienes, y no lo niegues, porque todavía no veo que reventemos taquilla en el más mínimo antro del país, y sí pasa, hay que dar gracias. Nos la pasamos vociferando un apoyo ficticio por las redes sociales, en vez de agarrar nuestro buen par de nalgas, y movernos al evento más cercano. Y hablo de cuándo podíamos hacer eso tranquilamente, sin miedo, así que no metan a la situación país aquí, que ella solita está bien ocupada estrangulándonos.

Hay que ser sinceros. Somos una movida pobre, poco tolerante a las críticas y hermética. No admitimos mejoras, pero nos rehusamos a retroceder. Somos caprichosos, pero también pecamos de ingenuos. Todo lo hemos aprendido por ensayo y error, y de eso te pueden hablar los que todavía gastan su quince y último en invertirlos en organizar eventos. Las bandas que están “montadas” hoy en día pasan tanta roncha como las que recién empiezan a moverse por el pantano. No somos mercado, pero tampoco damos el brazo a torcer a la hora de comprar material; pero eso sí, todos somos críticos, con mil títulos colgados en la pared, los cuales nos sonríen de manera guasona, llenándonos el ego farandulero.

Siempre somos los mismos, y cada quién desempeña un papel: público, banda, productores. Algunos surgen (todavía no entiendo a qué llaman surgir en esta movida) por palanca, no lo niego, por amiguismo, por tratos debajo de la mesa. Créanme, los hay, y negarlo es vernos la cara de inodoro. Un número de teléfono allá, un email por acá, móntame en esta tarima que yo te monto en esta… Seamos francos; esto no está bien. Debe desaparecer, así de sencillo, por lo que más se crea, o por mera ética moral y profesional.

Hay quienes surgen por su esfuerzo y calidad. Hay veces, incluso, que ese espasmo de creatividad está tan por encima del promedio que deja muy atrás al talento común, causando que dicho “promedio” se estanque; ley natural de vida. Eso es admirable. Sin contactos, llegas, enchufas y ganas. Muchas de estas agrupaciones también tocan hasta en la sopa, pero… hagamos un alto… ¿No se lo merecen? ¿Tan egoístas somos que nos da rabia ver cómo nuestros semejantes tienen éxito desmesurado? ¿Tan mezquinos somos que nos da bronca cómo más, y más gente, se une a nuestro movimiento, sumando aplausos, que prácticamente son la única paga que uno obtiene de este atolladero? Agrupaciones que tienen más de 10 años trabajando, conocidas dentro y fuera de nuestro underground como potencias, dando el ejemplo.

Pero nosotros no hacemos caso. Preferimos pagar menos en una grabación y rotarla entre nuestros amigos, a sabiendas de que ellos no nos van a decir que suena horrible, y luego quejarnos del por qué nadie se interesa en nuestro “arte”.

Las dos caras de la moneda. No puedo hablar por todas las bandas del país, ya que cada cual tendrá sus métodos para darse a conocer, de forma sincera o no. Una cosa es cierta: si no te mueves, no te van a escuchar. Si no trabajas, no vas a ver resultados, sean buenos o malos. A veces toca pelear en contra de la marea, en contra de la palanca, en contra de los favoritismos, en contra de las malas intenciones; vuelvo a recalcar… Son gajes del oficio, y casi me compadezco de las bandas que recién dan sus primeros pasos en este mundo. Habrá quienes te tiendan la mano, y habrá otros que te la cerrarán, de calle, sin siquiera haberte escuchado. Es natural, y si no estás listo para dicho remolino, es mejor no hacer nada. Todos estamos aquí porque queremos triunfar, y afortunadamente, la gran mayoría de mis colegas hacen las cosas desde el corazón, y aquellos que no, supongo que le darán empleo al karma tarde o temprano.

No tenemos héroes. Los músicos y los productores no hemos venido a salvar esta movida. El verdadero héroe es aquel chico que reunió dinero para comprar un disco, para asistir al evento, para vitorearte mientras esgrime una camiseta con el logo de tu banda. El verdadero héroe es quien, a cada día, te tiene en su lista de reproducción para ir al colegio o al trabajo. El verdadero héroe es quien comparte el material por las redes, comenta los videos y te admira por hacer algo que lo hace feliz. Pero, siguiendo los arquetipos de la historia, los héroes son escasos. Están escondidos, esperando un empujón para resurgir y salvarnos a todos. ¿Podemos las bandas nacionales convertirnos en ese empujón y dejar de proclamarnos héroes? Esa es la gran pregunta.

Los caminos están para recorrerlos. Al momento de agarrar un instrumento y decidir hacer bulla, las puertas aparecen. Están allí, brillando en neón, llamándonos a lo obvio. Hagamos música. Hagamos escena. Hagamos movida. Hagamos arte.

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