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El Cúsica Fest: ¿Cómo va a ser la vida mejor?

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El Cusica Fest. La comunión necesaria entre la ciudad que queremos vivir y la que tenemos; es el hacer país desde lo posible. Desde la trinchera que más nos acerca: la música.

Hace unos meses, y directo desde las vísceras, escribí una respuesta a esas cartas melancólicas que venden los periodistas en redes sociales; condenando nuestra ciudad a no ser más que ruinas. Escribí que Caracas no estaba muerta, aún cuándo en ese mismo momento no estaba tan clara de cuáles eran los signos vitales de esta geografía.

La osadía de esa crónica, de la juventud, me llevó a seguir insistiendo en mi punto: las ciudades no mueren y no dependen de nada más que sus propios códigos y ritmos. Códigos que varían de calle a calle. Hoy sostengo: Caracas está viva y tiene ganas de cantar a todo pulmón un nuevo soundtrack.

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Debo admitir que estaba segura que me perdería esta experiencia. El caos de planificar en una economía hiperinflacionaria, más allá de los dólares que pueden conseguirse, me hicieron desistir del festival. Resignada pasé el día sábado mirando las historias de amigos que estaban viviendo este momento. Este momento histórico. (Porque lo fue. Aunque a algunos les parezca demasiado rotundo el calificativo).

Nací en el 89 y solo conozco «la crisis». Ese sinsentido en el que hemos estado estacionados durante más de veinte años. No viví las glorias de las Descargas Belmont o la Experiencia Roja. Tuve a duras penas Festivales Nuevas Bandas y Sunset Rolls dónde los productores hicieron circo, maroma y teatro para mostrarnos una tarima de festival.

Con esfuerzos titánicos pero muchísimo talento. No en vano somos la generación que más música ha dejado desde la época de Cayayo, Horacio, Asier, Pablo, Julio, Arístides por citar a algunos. Nosotros -crisis, falta de industria y pocas estaciones para difundir los temas- hemos parido bandas que comparten carteles con Incubus, Artic Monkeys, Juanes -por nombrar algunos- somos los que hicieron a ViniloVersus, La Vida Bohéme, Okills y Los Mesoneros, entre otras bandas que dentro y fuera de nuestra geografía han hecho lo propio para decir «Somos venezolanos. Somos talentosos. Trabajamos durísimo. Acá están nuestras canciones».

 

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Pero nosotros, sus fanáticos, sus familiares y sus amigos, fuimos privados de disfrutarlos durante años. Condenados a ver sus éxitos a través de la 2.0 a escuchar sus voces en Miles de entrevistas telefónicas. Los vimos crecer de lejitos. Y nos preguntamos muchas veces cuándo tendríamos la oportunidad de cantar en casa, como antes. De decir «esta es nuestra fiesta».

Y un buen día sin mucha bulla, con trabajo de hormiguitas, materializando esfuerzos y conversaciones de años: el Cúsica Fest. La posibilidad tangible de reunirlos. De darnos un festival con calidad internacional pero con un cartel criollito.

Catorce bandas. Dos días. Foodtrucks. Mercados de diseño. Birras. Amigos, coño, amigos. Gente conocida. Gente que se hizo pana ahí mismo. El que te aguanta el trago mientras ordenas tu puesto para ver el show. Comunidad. Ciudadanía. La juventud que tanto nos han intentado arrebatar pero que seguimos conquistando canción a canción.

He de decirlo, estaba eufórica.

Desde la llamada que me hicieron mis amigos esa mañana de domingo, no podía contenerme. Hace muchísimos años no experimentaba algo así, no desde el último Sunset Roll en 2016. Ni hablar de festivales internacionales, lo más cercano fue ver a La Vida Bohéme abrirle a Artic Monkeys en Ciudad de México. Un show increíble, he de decir.

Pero, ¿En Venezuela? Nada. Nada similar.

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Llegamos al escampadero donde sería el concierto. La atención, impecable. El ambiente: una fiesta. Si pudiese describir la libertad, citaría a Fito Páez explicando lo que sintió la primera vez que -en medio de la dictadura militar de Argentina- pudo ir un show de Charly García. «Ver las luces, la gente, oír sus voces… Verlo actuar era saberse libre». Y para mí, que solo he conocido este desastre en el que nos hemos convertido, la libertad era saber que le habíamos puesto un hold o un stand by a los malos, que el exilio puso pausa y nos reunió con nuestros panas, que la música nos daba normalidad. Juventud.

Que ahí estábamos, suspendidos en esa especie de tierra de nadie en la que no importaba a cuánto estaba el dólar, que sonaba en la radio, a qué taxista le íbamos a escribir para que nos rescatase. No importaba nada que no fuera cantar nuestros himnos, tomarnos nuestros selfies, brindar con el de al lado, amigo o conocido, qué más da.

Y en el medio de todo eso: la banda sonora de tres generaciones distintas. Sintiendo al unísono. Sabiéndose parte de este hito, de esta vuelta de tuerca dónde por primera vez le mostramos los dientes a los malos y les dijimos que no les teníamos miedo.

Que «aún así estaré junto a ti cuando caiga la noche». Y lo cumplimos.

No tengo adjetivos para describir lo que pasaba en la tarima: El Otro Polo cantando con Alberto Arcas -de Okills– que tenía cinco años sin pisar su casa. Ver a Liana Malva con todo su vozarrón en escena, por un minuto era Liana haciendo el show que merece, poniendo a un lado su rol de activista contra el arco minero. Era simplemente una jeva cantando como las diosas.

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Anakena me devolvió al Caribe. A la playa. Al estudio donde los escuché cantar por primera vez. Me trajo al amor que no pudo ser y al que, le canté Saudade abrazada por una de mis más grandes cómplices en la movida rock. «Quiero que me abraces, aunque sea la última vez, hazlo eterno y sobreviviré» le musité al jevito infame que compuso en algún momento la melodía de algo cercano al amor. Y ya en ese mood era imposible salir ilesa con Sanguchito. Lágrimas felices. Risas descontroladas.

Malanga puso la nota melancólica, me devolvió a una industria cuyas canciones llegaban a las novelas. A lo mainstream. Me acordé de mi hermana en Chile cantando alguna de las canciones. De la boda de mi primo dónde le dedicamos Latin Lover a otro primito rompecorazones y acabatrapos. Me sentí en la cocina de Pata Medina tomando ponche y cantando «me estoy echando palos/en tu honor/ Mai lof».

Malanga hizo un show que le mostró a los millenials cómo se rockea en una tarima, trayendo al siglo 21 temas que tienen más edad que la de muchos de los presentes.

Bailé. Gocé. Canté. Lloré sin pudor alguno rodeada de amigos y desconocidos.

Le tocó el turno a ViniloVersus, que si ya era el momento puyúo de la noche, con las guitarras de Kamaron -de Okills– era la combinación perfecta. Nos trasladaron a esa juventud irreverente de la Alfredo Sadel o de Plaza la Castellana, por segundos quise pedir una birra helada y atravesar los ríos de gente para descubrirme en Discovery, nuestro templo cerrado por el desastre de la economía.

 

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Ares, no dispares cantaba Rodrigo. Y yo solo pensaba que ese era sin dudas el tema que definía nuestra eterna lucha contra el poder. Con las manos blancas y limpias mirando al cielo. En una marcha o en el carro. En ese concierto o en el disco de Sin Mordaza. Rodrigo nos había regalado una canción que en un futuro será el recordatorio de los vestigios del horror y quién quita, será también el canto de esperanza.

Y si hasta ese momento las lágrimas habían hecho acto de presencia, apenas escuché el primer acorde de las canciones de Luis Jiménez en Los Mesoneros, la perdí.

Pangea ha Sido el disco que define ese paso de los veintitantos a los treinta. Las canciones para reír. Para portarse mal. Tal vez enguayabarse. Dejar ir. Quizás para entregarse.

Y aunque escribir es lo mío las manos me tiemblan y las palabras se me escapan de los dedos para describir lo que Los Mesoneros nos dejaron en el aire. Un setlist impecable.

Cada tema y nota. Luis nos llevaba de la mano desde el despecho más hondo hasta el lugar donde la revancha existe porque «te lo advertí«. Dónde está bien admitir que «prefiero no saber» es un escenario donde nos protegemos de aquello que no suma. Dónde le gritamos al peor es nada que «a mí solo no me va tan mal«.

Lloraba. Reía de nuevo. Era esa especie de susto con sonrisa. De jeva emocionada. Los rasgos me colgaban de la cara como cuadros mal colgados, presa total de la euforia.
De mirar a mi alrededor y saber que estábamos en Caracas. Que esta es la ciudad que merecemos. No puede ser imposible. Que no puede ser solo un evento aislado. Me costaba creerlo pero era así.

Cómo si necesitara un recordatorio o una señal que me hiciera creer esta realidad, Julio Briceño de Los Amigos Invisibles gritó: Buenas noches, Caracas.

Y lo supe, por cosas como estas, por estos destellos, es que sigo mirando Venezuela (Caracas) y en vez de preguntarme ¿Por qué? Te pregunto, ¿Por qué no?

Resumen fotográfico

Día 1

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Batita González

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